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Mementos del cine (CXXVI)


Me cuesta aceptar la degradación de la vida. O más bien no puedo aceptar que el amor se adapte a ello.



Durante años evité que una mujer pasara toda la noche en mi cama. Sin embargo, esa mañana me desperté junto a Delphine. Sabía que sus celos incontrolables la habían hecho venir a mi casa. Pero al oírla canturrear en el piso, pensé que por fin habíamos llegado a una relación sencilla y armoniosa. (...) Cuando Delphine me preguntó: "Si estuviera libre, ¿vivirías conmigo?", como un cobarde dije que sí. Esa misma noche lo estaba porque le pegó un tiro a su marido, pero al día siguiente ya no, porque ingresó en la cárcel. Por suerte, su marido sólo resultó herido, pero la justicia siguió su curso. Intenté ahuyentar de mis pensamientos mi parte de responsabilidad en ese crimen pasional.
Tras la detención de Delphine, pasé una época sombría. Sombría y casta. Delphine me había complicado la vida, pero, a la vez, había sido apasionante. Tenía el don de intensificar la vida. Ahora que ya no me atormentaba, yo sentía un gran vacío. Hasta echaba de menos sus celos. Tuve que admitir lo esencial: con Delphine no me aburrí nunca. Como era muchas mujeres a la vez, no podía ser reemplazada por una sola.


No hay nada más bello que una mujer que camina llevando un vestido o una falda que se mueve al ritmo de su andar. Las hay que se dirigen a un objetivo, tal vez una cita. Otras tienen pinta de estar ociosas. Algunas son tan bellas por detrás que dudo en alcanzarlas para no decepcionarme. Pero nunca me decepcionan. Cuando resultan ser feas, me siento en cierto modo aliviado porque, desgraciadamente, no puedo tenerlas a todas. Miles de ellas recorren las calles todos los días. ¿Quiénes son todas esas mujeres? ¿Adónde van? ¿A qué cita? Si sus corazones están libres, sus cuerpos también y no puedo dejar pasar la oportunidad. Lo cierto es que quieren lo mismo que yo. Quieren amor, como todo el mundo. Todo tipo de amor: físico, sentimental o tan sólo la ternura de una persona que ya no se fijará en nadie más.

Charles Denner en El hombre que amaba las mujeres, 1977

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